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Fruta de estación




Pensaba en la fruta de estación.

Esa, que no es otra que aquella

que ofrece su jugo y su pulpa

en Retiro o Constitución.


Hija de la urbe prolífica

de la calle sin casa

que teje y urde miseria

a dos cuadras o tres.


Regada con hambre

fertilizada y estéril

Huele a lascivia

y a baba y a luz.


Canta sus penas

secas de lisonja y limosna

Mojada su alma

La piel cansada y ajena.


Así, oscura y transparente

pasea su portento antiguo,

pesada y etérea

sin paz

con prisa

a veces sonriente.


Siempre ajena.

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El Ángel del semáforo


Sus notas rasgadas aturden, molestan. Las esquinas repletas de autos que esperan ansiosos el verde cierran sus ventanillas perturbados por el molesto clima auditivo. Pero él no les hace caso. Sale al ruedo, esperando limosnas, violín en mano, cual héroe de guerra anhelando tiempos mejores, pasados, de gloria. Sus ojos cada vez más pequeños, su rostro plagado de arrugas, su cuerpo frío siente melodías irreales, sus dedos llagados, duros, buscan la aprobación.


Él se imagina que está en el Colón y sigue las indicaciones de un director imaginario, acompaña las melodías de una orquesta que nunca fue. Los días de gloria pasados se agolpan en su estuche, alguna vez lleno de musicalidad, ora lleno de angustia, de emoción, tristeza y algunas monedas.

Dicen que aparece cuando cae el sol, rondando varias esquinas a la vez. Se vuelve, se multiplica, se cree millones y mitades a la vez. La discociación de su melodía tiene varios matices. Cuerdas desafinadas, la inevitable pérdida del oído, la falta de constancia, la falta de sensación. El autómata ha ganado al compositor, el mendigo vence al inspirado violinista, cuya vida sinsentido se compone de sueños perdidos en algún teatro de Europa. Es eterno y fugaz, artista callejero, mendigo perpetuo.

El Ángel del semáforo se llama y desea poner final a su esquina, a su vida. Pero su condena es la del inmortal, que inevitablemente seguirá en su búsqueda de público, de aplausos, de aprobación.

El Ángel volverá a perturbar sus oídos todas las tardes en alguna esquina de la ciudad que una vez lo vio brillar pero que hoy soporta su tenue luz en la penumbra.

Chango

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Antes del Fin - Ernesto Sábato


  • "Lean lo que los apasione, será lo único que los ayudará a soportar la existencia"
  • "El tango es un pensamiento triste que se baila" (Discépolo)
  • "Desgraciadamente, él ya no está y cosas fundamentales han quedado sin decirse entre nosotros; cuando el amor es ya inexpresable, y las viejas heridas permanecen sin cuidado. Entonces descubrimos la última soledad: la del amante sin el amado, los hijos sin sus padres, el padre sin su hijo..."
  • "...la literatura me permitió expresar horribles y contradictorias manifestaciones de mi alma, que en ese oscuro territorio ambiguo pero siempre verdadero, se pelean como enemigos mortales."
  • "Sus locuras, sus permanentes divagues eran un espacio de libertad en medio de la estrechez del mundo cientifista" (dice Sábato sobre Oscar Domínguez, pintor español)
  • "Fui a los bosques porque deseaba vivir en la meditación, afrontar únicamente los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que ella tenía por enseñarme; no sucediera que, estando próximo a morir, descubriese que no había vivido."
  • "Muchos pensarán que es una traición a la amistad, cuando es fidelidad a mi condición humana."
  • "La creación es esa parte del sentido que hemos conquistado en tensión con la inmensidad del caos."
  • "Aquellos seres modestos, esos analfabetos, llenos de bondad, y los jóvenes con su candorosa esperanza, son los que me salvarán. En cambio, todo lo otro, las precarias hipótesis, las ideas y teorías de los ensayos, no sirven para justificar la existencia."
  • "...el hombre tiembla ante la imposibilidad de toda meta y el fracaso de todo encuentro."
  • "Hay en las situaciones límite un impulso fundamental que mueve a encontrar en el fracaso el camino que lleva al ser." (Jaspers)
  • "La forma en que experimenta su fracaso es lo que determina en qué acabará el hombre." (Jaspers)
  • "Hemos fracasado sobre los bancos de arena del racionalismo; demos un paso atrás y volvamos a tocar la roca a abrupta del misterio." (Urs Von Balthasar)
  • "Ya no quedan locos, se murió aquél manchego, aquél estrafalario fantasma en el desierto. Todo el mundo esta cuerdo, terrible, monstruosamente cuerdo." (León Felipe)

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El Sur

Jorge Luis Borges, en este, uno de sus pocos cuentos, ilustra la locura, el delirio al que se puede llegar, en los límites de un estado de insanía febril...

El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel: en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica. Un estuche con el daguerrotipo de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de ciertas músicas, el hábito de estrofas del Martín Fierro, los años, el desgano y la soledad, fomentaron ese criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso. A costa de algunas privaciones, Dahlmann había logrado salvar el casco de una estancia en el Sur, que fue de los Flores: una de las costumbres de su memoria era la imagen de los eucaliptos balsámicos y de la larga casa rosada que alguna vez fue carmesí. Las tareas y acaso la indolencia lo retenían en la ciudad. Verano tras verano se contentaba con la idea abstracta de posesión y con la certidumbre de que su casa estaba esperándolo, en un sitio preciso de la llanura. En los últimos días de febrero de 1939, algo le aconteció.
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Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de Las Mil y Una Noches de Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente, ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le habría hecho esa herida. Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba despierto y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz. La fiebre lo gastó y las ilustraciones de Las Mil y Una Noches sirvieron para decorar pasadillas. Amigos y parientes lo visitaban y con exagerada sonrisa le repetían que lo hallaban muy bien. Dahlmann los oía con una especie de débil estupor y le maravillaba que no supieran que estaba en el infierno. Ocho días pasaron, como ocho siglos. Una tarde, el médico habitual se presentó con un médico nuevo y lo condujeron a un sanatorio de la calle Ecuador, porque era indispensable sacarle una radiografía. Dahlmann, en el coche de plaza que los llevó, pensó que en una habitación que no fuera la suya podría, al fin, dormir. Se sintió feliz y conversador; en cuanto llegó, lo desvistieron; le raparon la cabeza, lo sujetaron con metales a una camilla, lo iluminaron hasta la ceguera y el vértigo, lo auscultaron y un hombre enmascarado le clavó una aguja en el brazo. Se despertó con náuseas, vendado, en una celda que tenía algo de pozo y, en los días y noches que siguieron a la operación pudo entender que apenas había estado, hasta entonces, en un arrabal del infierno. El hielo no dejaba en su boca el menor rastro de frescura. En esos días, Dahlmann minuciosamente se odió; odió su identidad, sus necesidades corporales, su humillación, la barba que le erizaba la cara. Sufrió con estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que había estado a punto de morir de una septicemia, Dahlmann se echó a llorar, condolido de su destino. Las miserias físicas y la incesante previsión de las malas noches no le habían dejado pensar en algo tan abstracto como la muerte. Otro día, el cirujano le dijo que estaba reponiéndose y que, muy pronto, podría ir a convalecer a la estancia. Increíblemente, el día prometido llegó.

A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos; Dahlmann había llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución. La primera frescura del otoño, después de la opresión del verano, era como un símbolo natural de su destino rescatado de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran como largos zaguanes, las plazas como patios. Dahlmann la reconocía con felicidad y con un principio de vértigo; unos segundos antes de que las registraran sus ojos, recordaba las esquinas, las carteleras, las modestas diferencias de Buenos Aires. En la luz amarilla del nuevo día, todas las cosas regresaban a él.

Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme. Desde el coche buscaba entre la nueva edificación, la ventana de rejas, el llamador, el arco de la puerta, el zaguán, el íntimo patio.

En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó bruscamente que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme gato que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante.

A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dahlmann recorrió los vagones y dio con uno casi vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna vacilación, el primer tomo de Las Mil y Una Noches. Viajar con este libro, tan vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha había sido anulada y un desafío alegre y secreto a las frustradas fuerzas del mal.

A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y luego la de jardines y quintas demoraron el principio de la lectura. La verdad es que Dahlmann leyó poco; la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran, quién lo niega, maravillosos, pero no mucho más que la mañana y que el hecho de ser. La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.

El almuerzo (con el caldo servido en boles de metal reluciente, como en los ya remotos veraneos de la niñez) fue otro goce tranquilo y agradecido.

Mañana me despertaré en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres. Vio casas de ladrillo sin revocar, esquinadas y largas, infinitamente mirando pasar los trenes; vio jinetes en los terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y hacienda; vio largas nubes luminosas que parecían de mármol, y todas estas cosas eran casuales, como sueños de la llanura. También creyó reconocer árboles y sembrados que no hubiera podido nombrar, porque su directo conocimiento de la campaña era harto inferior a su conocimiento nostálgico y literario.

Alguna vez durmió y en sus sueños estaba el ímpetu del tren. Ya el blanco sol intolerable de las doce del día era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardaría en ser rojo. También el coche era distinto; no era el que fue en Constitución, al dejar el andén: la llanura y las horas lo habían atravesado y transfigurado. Afuera la móvil sombra del vagón se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra elemental ni poblaciones ni otros signos humanos. Todo era vasto, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto. En el campo desaforado, a veces no había otra cosa que un toro. La soledad era perfecta y tal vez hostil, y Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y no sólo al Sur. De esa conjetura fantástica lo distrajo el inspector, que al ver su boleto, le advirtió que el tren no lo dejaría en la estación de siempre sino en otra, un poco anterior y apenas conocida por Dahlmann. (El hombre añadió una explicación que Dahlmann no trató de entender ni siquiera de oír, porque el mecanismo de los hechos no le importaba).

El tren laboriosamente se detuvo, casi en medio del campo. Del otro lado de las vías quedaba la estación, que era poco más que un andén con un cobertizo. Ningún vehículo tenían, pero el jefe opinó que tal vez pudiera conseguir uno en un comercio que le indicó a unas diez, doce, cuadras.

Dahlmann aceptó la caminata como una pequeña aventura. Ya se había hundido el sol, pero un esplendor final exaltaba la viva y silenciosa llanura, antes de que la borrara la noche. Menos para no fatigarse que para hacer durar esas cosas, Dahlmann caminaba despacio, aspirando con grave felicidad el olor del trébol.

El almacén, alguna vez, había sido punzó, pero los años habían mitigado para su bien ese color violento. Algo en su pobre arquitectura le recordó un grabado en acero, acaso de una vieja edición de Pablo y Virginia. Atados al palenque había unos caballos. Dahlmam, adentro, creyó reconocer al patrón; luego comprendió que lo había engañado su parecido con uno de los empleados del sanatorio. El hombre, oído el caso, dijo que le haría atar la jardinera; para agregar otro hecho a aquel día y para llenar ese tiempo, Dahlmann resolvió comer en el almacén.

En una mesa comían y bebían ruidosamente unos muchachones, en los que Dahlmann, al principio, no se fijó. En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba, inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia. Era oscuro, chico y reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una eternidad. Dahlmann registró con satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el largo chiripá y la bota de potro y se dijo, rememorando inútiles discusiones con gente de los partidos del Norte o con entrerrianos, que gauchos de ésos ya no quedan más que en el Sur.

Dahlmann se acomodó junto a la ventana. La oscuridad fue quedándose con el campo, pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre los barrotes de hierro. El patrón le trajo sardinas y después carne asada; Dahlmann las empujó con unos vasos de vino tinto. Ocioso, paladeaba el áspero sabor y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco soñolienta. La lámpara de kerosén pendía de uno de los tirantes; los parroquianos de la otra mesa eran tres: dos parecían peones de chacra: otro, de rasgos achinados y torpes, bebía con el chambergo puesto. Dahlmann, de pronto, sintió un leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre una de las rayas del mantel, había una bolita de miga. Eso era todo, pero alguien se la había tirado.

Los de la otra mesa parecían ajenos a él. Dalhman, perplejo, decidió que nada había ocurrido y abrió el volumen de Las Mil y Una Noches, como para tapar la realidad. Otra bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado, pero que sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:

-Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.

Dahlmann no se extrañó de que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió que estas palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situación. Antes, la provocación de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos. Dahlmann hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los peones y les preguntó qué andaban buscando.

El compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose. A un paso de Juan Dahlmann, lo injurió a gritos, como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su borrachera y esa exageración era otra ferocidad y una burla. Entre malas palabras y obscenidades, tiró al aire un largo cuchillo, lo siguió con los ojos, lo barajó e invitó a Dahlmann a pelear. El patrón objetó con trémula voz que Dahlmann estaba desarmado. En ese punto, algo imprevisible ocurrió.

Desde un rincón el viejo gaucho estático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se inclinó a recoger la daga y sintió dos cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a pelear. La segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría para defenderlo, sino para justificar que lo mataran. Alguna vez había jugado con un puñal, como todos los hombres, pero su esgrima no pasaba de una noción de que los golpes deben ir hacia arriba y con el filo para adentro. No hubieran permitido en el sanatorio que me pasaran estas cosas, pensó.

-Vamos saliendo- dijo el otro.

Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.

Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.

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La Locura Lo Cura


Entre la gente se escuchaban murmullos, trafico de miradas complices entre el publico, para luego volver a mirar al orador. El dueño del micrófono por unos pocos segundos, enfrentando a todo un mundo de singularidades y una única realidad compartida...menos por él, el orador. Mientras mas desarrollaba sus ideas, mas murmullo se escuchaba, comenzaban las risas, pero el no entendía por que y continuaba. Contaba como el otro día había visto al sol sentirse triste y esconderse atrás de unos algodones gigantes que saben volar y que sin esperarlo comenzo a darse cuenta que alguien que vive del otro lado del techo celeste dejo la ducha abierta. Cada vez se escuchaban mas risas, pero el orador no se reía ni entendía por que se reían todos, así que continuo. Dijo haber visto una tarde, uno de esos pajaros que corren por el aire a toda velocidad y que había llegado a la conclusión de que los canguros no saltan como dicen algunos, si no que vuelan en cuotas ya que se marean cuando están mucho tiempo en el aire. Seguido de esto, comento que a solas en su casa, se animo, si...había preparado la silla y se sentó en la mesa a comer. Todos reían, y él, sorprendido, estaba a punto de sacar eso que le picaba en la garganta, pero pensó que mejor era terminar con sus experiencias y dejar la duda para el final. Contó que mientras estaba en una plaza y un bote de madera cortado a la mitad lo sostenía, vio pasar muchos perros volando por el piso mientras se gritaban cosas que no llego a entender bien, pero se dio cuenta que se estaban divirtiendo porque ninguno quería dejar de hablar, hasta que alguien con una soga en la mano se acerco y le ladro....el perro se quedo mudo. Cuando estaba contando que eso no le había gustado y que se había puesto triste, vio que las carcajadas eran cada vez mas fuertes y cuando se tornaron ensordecedoras decidió sacarse la duda. Pero esto no hizo frenar las carcajadas, ya que al preguntar por que se reían tanto, las risas fueron aumentando, hasta que un hombre alto, bien afeitado y de pelo corto le pregunto ¿pero que te ha pasado? ¿acaso perdiste el sentido de la realidad? Todos rieron y muchos gritaron un "nooo" irónico. Entonces el decidió responder con preguntas, porque se había dado cuenta que era aburrido siempre responder a preguntas y no preguntar a preguntas y responder a respuestas. Y dijo: ¿Cual realidad? ¿que acaso no les estoy contando lo que viví en los últimos días? ¿Que ustedes no tienen nada nuevo para contar? ¿Acaso hacen todos los días lo mismo y se comentan entre ustedes las mismas cosas? El silencio fue una respuesta que lo dejo sordo y noto que ese silencio le gustaba, por lo que pensó que seguir preguntando haría de ese silencio algo ruidosamente hermoso. Y dijo: Si cada uno de ustedes tiene dos ojos, tiene su ser interior, tiene sus propias emociones y su propio pensamiento, ¿acaso no ven las cosas de manera distinta? No me van a decir que se pusieron de acuerdo para ver, sentir, decir, oler y temer todos a las mismas cosas no? El silencio estaba a punto de quebrar las ventanas del salón. Finalmente dijo eso que le estaba picando la garganta: No se quien es usted señor, pero yo no perdí nunca el sentido de mi realidad, ya que todos los días me levanto y le doy el sentido a la realidad que yo vivo y que me emociona ver las diferencias que los demás me comentan sobre las mismas cosas que veo yo, pero las llaman de otro modo. ¿Como voy a perder el sentido de la realidad, si no hay una sola realidad? Un grito desde el fondo rompió el silencio: Estas loco! Pensó que le parecía raro ya que el otro día le habían dicho lo mismo por la calle un grupo de personas que caminaban de traje y le recordaba a cuando tuvo que sacar diez copias de un apunte que no iba a estudiar para presentarse a un examen. Al ver que eran todos iguales, desde los zapatos hasta el ultimo pelo de su cabeza, pensó...que locos deben estar estos que son todos iguales, ¿acaso le tendrán miedo a ser distintos unos de otros?...por suerte estoy cuerdo y puedo disfrutar de mis días oscuros y mis noches soleadas....

Puede que aquella minoría que solemos llamar locos sean los que tuvieron la fortuna de estar cuerdos y de animarse a vivir su realidad, y nos miran con ojos raros al ver que todos intentamos hacer una realidad igual para todos....sera que ellos piensan... estos locos que nos encierran a nosotros se deben aburrir afuera de estos edificios donde uno puede aprender cosas distintas de cada uno de los que se hospedan en este hotel de realidades maravillosamente interesantes de ser escuchadas.

PD: De la locura hay que saber salir y entrar....eso dijo un señor dedicado no a obturar la locura, si no a exponerla...

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Otra lección de vida

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Un loco que cambió el mundo de la informática

Aprecien, valoren, aprendan, vivan...

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La locura...




















Estoy sentado en Torcuato y miro a mi alrededor... ¿Qué veo? Un teléfono, una computadora, un ascensor, una impresora, un reloj, un celular, una cerveza, una mochila, mis zapatillas! La cuestión es que sin locos, sin gente que salga de la caja, este mundo seguiría siendo plano, seguiríamos siendo el centro del universo, no tendríamos la ley de gravedad, no tendríamos religiones, no tendríamos radios, viajes al espacio, medicina, autos, edificios, no tendríamos la novena sinfonía, la capilla sixtina, las pirámides, no existiría el fútbol, no habría guitarras, y la lista es interminable, por eso esta semana homenajeamos a esta adictiva y hermosa LOCURA

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Siguiendo con el amor

Muy buena reflexión, con humor, acerca de las diferencias entre el cerebro del hombre y la mujer.
Muy interesante!!!

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El horizonte del Amor


Méritos y laureles al amor, pero, ¿seria el amor lo que es, sin su horizonte? ¿Se utilizaría al amor como medio de expresión de infinitas artes si no estuvieran sus opuestos? ¿que hariamos sin el odio? ¿que seria el amor sin las discuciones, las peleas y los desamores? ¿que pasaría del amor sin las divisiones humanas y las guerras de razas? Si ubicamos al amor en este trono, que bien merecido lo tiene, habría que preguntarse quien estaría ubicado a su derecha y quien a su izquierda. Habría que ver porque el amor es lo que es...porque se le pide tanto, porque se lo utiliza tanto. No quiero quitar merito a la "esencia" del amor, pero quiero ser crudo y aceptar que el amor no seria el amor sin los desamores. El amor de pareja no seria lo que es sin la soledad. Las reconciliaciones no serian , ni evocarían semejantes emociones "amorosas", si no peleáramos antes.
Durante mucho tiempo creí, como puede pasarle a muchos, que el opuesto del amor es el odio. Mucho tiempo pensé eso, hasta que por la fortuna de estudiar lo que estudio, un sabio y barbudo señor de Viena me hizo entender que lo opuesto del amor no es el odio, si no la indiferencia, la ausencia, la nada amorosa. En el odio hay amor, esta la misma fuerza, la misma energía emocional hacia ese objeto. Si no fuese asi, no podriamos sentir las dos emociones hacia la misma persona, si fueran opuestos, no podriamos vivenciar ese odioso amor. Por ende, quiero decirle gracias, a esa indiferencia, gracias a la ausencia del amor. Gracias a la falta de amor, entendemos el valor del amor, y elegimos no quedarnos en esa falta...entonces vuelvo a preguntar, ¿que seria del amor sin su propia ausencia? Y, ¿porque el amor es tanto mas poderoso que su ausencia? simple, la ausencia es real y el amor siempre estará acompañado de la utopía, y bien sabemos que, de y por las utopías, vive el ser humano, y el amor...es LA utopía que nos mantiene vivos.

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Love is the answer



No quería dejar de hacer un aporte al tema de esta semana. Voy a arrancar con algunas frases, algunos lugares comunes que ilustran lo que pienso acerca del amor.

"All you need is love" decía Lennon en Los Beatles, completamente extasiado, innundado por ese sentimiento que no requiere explicación, que es un todo y que a la vez es nada.

"Love can conquer any war, brothers and sisters join hands, we got to let love rule" aporta en una entrega armónica y desencajada Lenny Kravitz, estableciendo un ingreso al campo político de la humanidad, reflejando que bajo el poder del amor podríamos lograr casi todo. Y Ziggy Marley, hijo del gran Bobby, confirma; "Love is my religion".

Otra gran frase, esta vez de Saint Exupery, "Lo esencial es invisible a los ojos, y sólo se ve bien con el corazón." Y retruco, sólo se VIVE bien con el corazón. Es LA RESPUESTA, nuestra única respuesta. "Love is the answer" diría el gran John, años después de los FAB4. Y es así, lo creo fervientemente. “Es mejor sufrir luego de haber sido amado, que no haber experimentado el sentimiento.” Otra gran frase del inconciente colectivo que quiero rescatar, por haberlo experimentado. Agradezco al universo, a la energía que sea que me haya creado, el contar con esta posibilidad, el haber podido experimentar el amor.
Indefinible, inexplicable, invasivo, como un torrente de lava, inevitable, como lo más bello, lo que nos define.
Veía alguna vez en una película, probablemente una de esas comedias románticas que el tío Sam produce a montones que algún personaje decía que pondría en su obituario "amó y fue amado." “Y qué más?” aportan Los Piojos.
Y digo muy convencido, qué más? No es cierto que se necesita más que el amor. El amor lo puede todo, es un estado de elevación, trasciende al ser humano y lo define, se vuelve su esencia. Es lo que nos distingue, seres que tenemos la capacidad de amar, la capacidad y, por qué no?, la suerte de amar y ser amados. Inspirador de canciones, de grandes escritos, de fantásticas obras de arte, pero también creador de patrias, de mundos… El amor lo es todo.

Por último, voy a hacer una autocita, de uno de las primeras publicaciones de este blog, para ilustrar un estado de enamoramiento pleno.

Es una inspiración que infla el pecho, que llena los vacíos, que logra una sonrisa espontánea, verdadera. El encuentro fue mágico, inexplicable.
Sentimientos inexplorados, desconocidos. Como todo lo que es desconocido asusta, aterra… Pero no es ese miedo que paraliza, que no deja ser. Es un miedo que alienta, que motiva, que me lleva a querer cada vez más.
Me encuentro en sus silencios, en sus ruidos. Me busco en sus ojos, esos ojos que todo lo reflejan tan perfectamente. Me pierdo en su boca como en un sendero que desconozco. Me guía hasta ella y la luz que emana me impide elegir otra dirección.

Para terminar, los dejo con una creación de un gran profeta del amor, Bob Marley. ¨One love, one heart. Let’s get toghether and feel allright.¨

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Del amor II

Como en uno mismo conviven el yunque y la rosa, tenemos contradicciones. Porque el intelecto y el corazón colisionan. Lo que al sentir parece inevitable y absoluto, es para la razón insensatez. Lo que para la razón es lógico y coherente, a todas luces es para el corazón una entelequia.
Luego de pensar en el lado oscuro del amor, y de verbalizar los horrores que me acechan, recordé lo que escribió Herman Hesse con sabias palabras:
"Supe que ser amado no es nada; que amar, en cambio, lo es todo"
Que paradoja, el existencialismo más salvaje se cubre a veces en un bálsamo de acietes y caricias.
Así es la naturaleza humana. Pero no quiero distraerme. El amor invade, es difusivo, es ineludible y su objeto está en sí mismo. Como la alegría. Nadie tiene o encuentra razones para amar. Nadie puede alegrarse a voluntad. Ambos contagian sin razón.
El amor, aunque a veces egoísta, ama sin dudar, como una pulsión inequívoca y salvaje. Si correspondido, dulce como la miel. Si desdeñado, hiel y dolor. Pero siempre amor, injustificado, irracional, primario, primitivo.
Amor, motor. Amor de muerte o amor de paz.
Hay que amar. No queda otra, y abrazar este principio que, o te carcome o te alimenta.
Parafraseando y editando a Erich Fromm:
No hace falta necesitar para amar, dado el caracter irreverente y atrevido del amor. Pero cuando se ama, es imposible no necesitar.

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Del amor


Dice Arthur Schopenhaur: “Una vez satisfecha su pasión, todo amante experimenta un especial desengaño: se asombra de que el objeto de tantos deseos apasionados no le porporcione más que un placer efímero”

Nunca fue tan bien descrita esa ubicua sensación que abruma al amante tras encontrarse tendido al costado de la amada. Sin embargo la síntesis propuesta omite una circunstancia que, por misteriosa y sublime, es poco habitual y esquiva.
La medida del amor es el deseo y el egoísmo, y cuanto más grandes sean éstos mas sublime, elevado y perfecto será aquel.
Cuando la necesidad de poseer trasciende la satisfacción de la posesión, estamos frente a la raíz misma del amor
.
El amor trasciende la concupiscencia y la sensualidad cuando no es completamente satisfecho.
La dualidad del alma que por un lado tiende a compensar el deseo con la satisfacción, busca por otro lado sostener en el tiempo un estado de permanente carencia, fuente de todo movimiento e inclinación. De ésta forma el ser humano busca caminar hacia el sol siempre por el lado de la sombra.

En conclusión, propongo una reformulación a la frase de Don Arturo:
El amante experimenta fatalmente lo efímero del goce, circunstancia solo morigerada por la imperiosa necesidad de más. El amor solo persiste frente a la conjunción inverosímil de placer y displacer, de desasosiego y cetreza, de posesión y carencia.
El amor camina sobre el filo de una daga que atraviesa al hombre, sumiéndolo en profunda incertidumbre.
Lo único que puedo afirmar es que no se porque amo a mi amada, pero a su vez sé que la sigo amando porque la deseo y porque pese a creer satisfacerme, el deseo persiste, reconfigurado, ampliado y siempre sediento.

Chamán

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Una linda historia de vida

“Sueño con la paz mundial”


Efraín Wachs es un icono del deporte argentino: a los 91 años, compitió en el Mundial de Atletismo Master de Finlandia y consiguió seis medallas. Personaje emblemático en Tucumán, lugar que eligió para vivir, anhela correr hasta los 100 y espera ver, algún día, la paz mundial. Esta es su vida, presente, pasada y futura, siempre intensa, siempre con una sonrisa a donde quiera que vaya.

La cita tenía hora y lugar. La casa de su hija Clara, en Caballito, sería en donde nos encontraríamos para descubrir y repasar las distintas vivencias transitadas a lo largo de su vida. Ese primer encuentro, tan esperado, tardaba en llegar debido a los compromisos propios de un ganador de su talla. Maca, la fotógrafa, preocupada por la falta de luz, analizaba cada espacio para la foto perfecta mientras que Clara, mensaje de texto de por medio, reclamaba la vuelta de su padre. Ahí estábamos, ansiosos, expectantes, hasta que finalmente llegó el momento. Un conjunto celeste y blanco acompañaba el andar de Don Efraín Wachs, que, después de una larga sesión fotográfica en el Parque Centenario, se disponía a comenzar otra de las tantas entrevistas pactadas. Eso sí, sonrisa de por medio.

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Su infancia y su historia

El 12 de marzo de 1918, Moscú reemplazaba a San Petesburgo como capital de Rusia. Ese mismo día, a miles de kilómetros de allí, nació en Rosario Efraín Wachs, el mayor de cinco hermanos, hijo de Manuel Wachs y Fanny Banet, quiénes se conocieron en Argentina, a comienzos de siglo. Su padre era austriaco, militó en la Liga del Sur y escribió colaboraciones para el diario La Capital mientras que su madre nació en Egipto y fue la primera farmacéutica de Córdoba. “Mi relación con mis padres siempre fue muy buena. Nunca me faltó nada. Es más, cuando estuvo la II Guerra, en el ’39, yo colaboraba con mi sueldo porque mi padre era representante de firmas extranjeras y estaba todo parado”, anticipó Wachs. Los años pasan y marcan una profunda brecha con lo que acontece, pero para este personaje rosarino todo es un constante ayer. Su memoria no lo traiciona, por el contrario, lo mantiene vivo.

-¿Qué recordás de tu paso por la escuela?

Siempre me gustó estudiar. Era un chico aplicado. La escuela primaria la hice en el colegio Olegario V. Andrade y la secundaria en la Escuela Normal de Rosario porque quería ser maestro. Igual cuando terminé dí las equivalencias en el Colegio Nacional y el Comercial. Así que tengo tres títulos.

-¿Y tus amigos? ¿Cómo era tu relación?

Te digo algo: te puedo nombrar a mis 33 compañeros. Con todo el mundo me llevé y me llevo bien. Cuando cumplimos 60 años de egresados, organicé una reunión para reencontrarnos. Por suerte se pudo hacer y les dediqué una poesía que se titula ‘Recuerdo de mi familia’. Porque ellos también son mi familia.

Imágenes que van y vienen hacen que la nostalgia se adueñe del comedor en el que habla. Las palabras parecen perderse en la nada pero el grabador atestigua que semejante contenido debe perdurar en el tiempo. Clara, “Mimi” para él, le obliga a ponerse la campera, le trae un vaso de agua y un caramelo. Lo cuida. Todo el mundo lo hace. Hoy Efraín es de todos: lo que ha conseguido en Finlandia pone a la Argentina en los primeros planos a nivel mundial. Tantos días alejados de casa valieron la pena. Pero este suceso merece párrafo aparte. Quién lo reclama en este momento, además de un centenar de periodistas, es su mujer Miriam (86), santafesina radicada en Tucumán desde pequeña, que comparte la vida junto a su campeón hace 60 años. “En realidad hace 120. Son 60 míos y 60 de ella”, aclara, entre risas, y continúa: “A ella la conocí en Salta. Recuerdo que la primera pieza que bailamos fue un vals y al instante me enamoré”. Todo un galán que, junto a ella, tuvieron a Clara, a Manuel y a Eduardo, sus tres hijos que, a su vez, le han dado a Efraín ocho nietos. “Ojalá que pueda ver a mis bisnietos”, se entusiasma este contador que hoy sigue trabajando por su cuenta y ha prestado sus servicios por 40 años en el Banco Nación. “Trabajar en el banco me dio la posibilidad de conocer muchas provincias. De hecho, por viajar tanto, tuve que hacer la carrera de contador en el doble de tiempo porque sólo hacía tres materias y libres”, cuenta. Desde un principio, sus sueños y sus convicciones lo llevaban de acá para allá. Intenso.

Sus dos grandes pasiones: el atletismo y el ajedrez.

Con la vista en el techo, recordando detalles y jugando con la historia, Efraín vuelve a su infancia y la resume con tono firme y sin dudar. “A los tres años ya sabía leer y escribir. A los cinco, encontré un libro rojo, con letras doradas, de Emmanuel Lasker que era el campeón mundial de ajedrez. Leyendo el libro fue que aprendí a jugar”. Así empezó un largo camino de unos 65 años de vida. Ya en la escuela secundaria iba a un club de ajedrez muy humilde en el que fue aprendiendo y mejorando sus habilidades. “Todos los sábados se realizaban torneos ping pong con ventaja de tiempo y material por categoría”, dice. A los 20 años, con estudio y trabajo de por medio, Efraín vivió uno de los momentos más felices de su vida.

-¿Cómo fue ganarle al campeón del mundo Alexander Alekhine?

Mirá, yo había empezado a trabajar en el Banco Nación y me destinaron a Casilda. Ahí le gané a todos, era el campeón del lugar. En ese entonces, en 1938, el campeón mundial de ajedrez era Alexander Alekhine y había ido a Rosario para jugar contra diez jugadores de ahí, más el campeón de San Nicolás y de Casilda. Él se cuidó de los grandes jugadores. La partida conmigo fue la última, la más larga. Al final coroné y se enojó y tiró todas las piezas del tablero. No me quiso firmar la planilla.

Efraín se ríe. Se infla con el recuerdo y la emoción, por la hazaña conseguida. Y la historia continúa: integró, en varias oportunidades, el equipo tucumano de ajedrez y en la década del ’60, fue Presidente de la Federación de esa provincia durante cinco años. Y la lista sigue y sigue, pero a los 70 llegó a su fin.

-¿Por qué dejaste de jugar al ajedrez?

Cuando uno está en primera categoría, hay que seguir perfeccionándose. En todas partes del mundo aparecen variantes nuevas por lo que hay que estudiar. Y yo no tenía tiempo de estudiar. Entonces busqué algo más movido.

Había llegado el momento de los pantalones cortos. La edad es lo de menos, basta recurrir a la fórmula de este hincha de Rosario Central, Atlanta y San Martín (Tuc.): “Correr es vivir”. Su espíritu irradia las ganas propias de un niño que se asombra a medida que va conociendo el mundo.

-¿Por qué te inclinaste hacia el atletismo?

Porque el correr me hace sentir vivo. Disfruto físicamente como con el ajedrez disfrutaba intelectualmente. Es una fuente de satisfacción: me hizo conocer a un montón de amigos y el hecho de verlos bien a ellos y verme bien a mí, me pone contento. Es una disciplina que fomenta la amistad.

Serán muchos entonces los que habrán irradiado felicidad a lo largo de estos años. Sobretodo, entre el 28 de julio y el 8 de agosto, cuando se disputó la 18º edición del Mundial de Atletismo Master, en Lahti (Finlandia) en el que participaron 5.250 personas de 88 países diferentes. En la categoría mayores de 90, seis medallas, de diez posibles, fueron a colgar de uno de los 22 representantes argentinos en la competencia. Efraín ganó el Cross Country de 8k en 1:36:25, consiguió la presea plateada en salto en largo y en salto triple y coronó su actuación con tres bronces en los 1.500, 5.000 y 10.000 metros, detrás de su compatriota y amigo Ricardo Chiaparelli. “Este sueño no podría haber sido realidad sin la ayuda de mi primo Mauricio”, aseguró el representante de la Asociación Tucumana de Atletas Masters. La cosmética Silkey Mundial, empresa en la que Mauricio Wachs es director ejecutivo, fue la que hizo posible el viaje al afrontar todos los gastos.

Las medallas se lucen arriba de la mesa. La portada de un diario finlandés indica que nuestro querido representante es el hombre del momento, que todavía ve lejano su retiro.

-¿Cuáles son tus próximos proyectos?

En el próximo Mundial de California, quiero presentar un equipo argentino con cuatro integrantes de 90 años y poner a nuestro país en el primerísimo lugar ante el mundo. Y dos años después, en Porto Alegre, quiero presentar un equipo de 95 años aprovechando que es más cerquita. Y así seguir. Hasta los 100 pienso correr todas las pruebas.

Una consistencia absoluta. Inquebrantable. Lleva en su pecho, a flor de piel, ese mensaje que habla del carácter inclusivo del deporte, aquél que sostiene que la edad es sólo un número, el que recuerda que “viejos son los trapos”.

El tiempo se acaba y la oscuridad se va apoderando lentamente de nuestro alrededor. Lamentablemente se acerca el final de este breve recorrido de la vida de una gran persona. Y todo lo vivido lleva a una inevitable cuestión.

-¿Hay algo que te haya quedado por hacer?

Yo sueño con ver algún día la paz mundial. Que se acaben las guerras y haya tranquilidad en todos los países del mundo. Antes soñaba con ganar alguna prueba de un Mundial, ahora hay cosas más importantes.

Un campeón de la vida.

91 veces quiero

El 12 de marzo de este año, Efraín Wachs cumplió 91 años y decidió festejarlos de una manera muy particular: corrió su edad en recorridos de 100 mts. durante 93 minutos, en pleno centro histórico de San Miguel de Tucumán. “Cuando cumplí 89, corrí 89 veces en la plaza Urquiza. Cuando llegué a los 90, también corrí 90 veces pero en la plaza Independencia, la principal de Tucumán”, recuerda y continúa: “Este año, la banda de música me tocó el feliz cumpleaños, tres de mis nietos me acompañaron durante todo el recorrido y también hubo un grupo de 30 o 40 cambiantes, entre atletas y amigos, que también corrieron”. Un evento acorde a las circunstancias. Una fiesta del campeón.


Ampliemos las vitrinas

En toda cita internacional de atletismo, la Argentina no suele frecuentar los primeros lugares. Aunque siempre hay una excepción a la regla que, en este caso, tiene nombre y apellido: Efraín Wachs. Solamente en 2008, consiguió 21 medallas: nueve títulos argentinos (7 oros y 2 platas) y 12 sudamericanos (8 oros, 2 platas y 2 bronce) mientras que en el último Mundial, disputado en Lahti (Finlandia), le dio al país una medalla dorada, dos de plata y tres de bronce. “En Puerto Rico (2003) conseguí cuatro medallas. En San Sebastián (2005) me quedé con cinco y ahora en Finlandia obtuve seis. Espero que en Sacramento llegue a las siete”, bromeó Efraín, de cara a lo que será el próximo Mundial, en dos años, en Estados Unidos. ¡Que pilas!

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El tiempo (bis)


Dos breves reflexiones de Georgie sobre el tiempo. (es increible como la asiduidad con que uno frecuenta ciertos autores imprime una sensación de falsa familiaridad y cercanía, por eso me permito, de manera bastante atrevida, llamar a Borges como lo hacían sus íntimos)

“Leemos en el Timeo de Platón que el tiempo es una imagen móvil de la eternidad, y ello es apenas un acorde que a ninguno distrae de la convicción de que la eternidad es una imagen hecha con sustancias de tiempo”

"Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espan­toso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciada­mente, soy Borges."


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Y más para pensar y vivir...


El maestro Schopenhauer, escrutador de la naturaleza humana, supo como nadie poner en palabras el hondo sentir de infinidad de personas. Su pensamiento fue rescatado por Nietzche y yo lo considero el verdadero padre del existencialismo. A su vez, siempre, dejó entrever un pequeño rayo de esperanza y optimismo en sus escritos.
Acá pequeños extractos de "Parerga und Paralipomena":

"Querer es esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor. Cuanto más elevado es el ser, más sufre... La vida del hombre no es más que una lucha por la existencia, con la certidumbre de resultar vencido. La vida es una cacería incesante, donde los seres, unas veces cazadores y otras cazados, se disputan las piltrafas de una horrible presa. Es una historia natural del dolor, que se resume así: querer sin motivo, sufrir siempre, luchar de continuo, y después morir... Y así sucesivamente por los siglos, de los siglos hasta que nuestro planeta se haga trizas."

"Los hombres se parecen a esos relojes de cuerda que andan sin saber por qué. Cada vez que se engendra un hombre y se le hace venir al mundo, se da cuerda de nuevo al reloj de la vida humana, para que repita una vez más su rancio sonsonete gastado de eterna caja de música, frase por frase, tiempo por tiempo, con variaciones apenas imperceptibles."

"Me dicen que abra los ojos y contemple las bellezas que el sol alumbra; que admire sus montañas, sus valles, sus torrentes, sus plantas, sus animales y no sé cuantas cosas más. Pero entonces, ¿el mundo no es más que una linterna mágica?. Ciertamente el espectáculo es espléndido, pero en cuanto a representar allí algún papel, eso es otra cosa."

"No hay más que tres resortes fundamentales de las acciones humanas, y todos los motivos posibles sólo se relacionan con estos tres resortes. En primer término, el egoísmo, que quiere su propio bien y no tiene límites; después, la perversidad, que quiere el mal ajeno y llega hasta la suma crueldad, y últimamente la conmiseración, que quiere el bien del prójimo y llega hasta la generosidad, la grandeza del alma. Toda acción humana debe referirse a uno de estos 3 móviles, o aun a dos a la vez."

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El tiempo.



El hombre no vive más que en el presente, que
huye sin remisión hacia el pasado y se abisma en la
muerte. Salvo las consecuencias que pueden refluir
en lo presente, y que son obra de sus actos y de su
voluntad, su vida de ayer está por completo muerta,
extinta. Por eso debiera ser indiferente para su razón
que ese pasado estuviese hecho de goces o de penas.
El presente se escapa de su abrazo y se transforma
sin cesar en pasado; el porvenir es por completo in-
cierto y sin duración...lo mismo que desde el punto
de vista físico la marcha no es más que una caída
siempre impedida, así también la vida del cuerpo no
es más que una muerte siempre suspensa, una
muerte aplazada, y la actividad de nuestro espíritu
sólo es un tedio siempre combatido... A la postre es
menester que triunfe la muerte, porque le pertene-
cemos por el hecho mismo de nuestro nacimiento, y
no hace sino jugar con su presa antes de devorarla.
Así es como seguimos el curso de nuestra vida con
extraordinario interés, con mil cuidados y precau-
ciones mil, todo el mayor tiempo posible, como se
sopla una pompa de jabón, empeñándose en inflarla
lo más que se pueda y durante el más largo tiempo, a
pesar de la certidumbre de que ha de concluir por
estallar.

Arthur Schopenhauer

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Las pequeñas cosas

Esta pequeña lista citada a continuación me hizo reflexionar sobre la importancia de las pequeñas cosas; de entender que la vida no tiene sentido como una montaña de planes, sino como una llanura de momentos, una sucesión de trivialidades que diariamente tienen la potencialidad de asombrarnos, embriagarnos, entretenernos, conmovernos, iluminarnos.
Homero (el hombre amarillo, no el rapsoda heleno), en su infinita simplicidad y con mucha grandeza, evita la torpeza de acometer grandes cosas. Su vida insignificante puede ser un faro de enseñanza.
El lugar común en el que todos caemos ante la pregunta "que harías si supieras que vas a morir mañana?" fué sorteado con hidalguía, ofreciendo un mensaje simple: Nuestra vida amerita ser vivida como es, con lo maravilloso de su pequeñez y su fatal intrascendencia.
El humor que sobrevuela al enunciado de su lista se transfigura en inevitable estremecimiento por la súbita noción de fatuidad que nos abruma; por la conciencia arrancada y recuperada de que el insistente día es un domo de enormes oportunidades que tenemos frente a nosotros y despreciamos.
Supo Lennon plasmar: "Life is what happens to you while you´re busy making other plans".
Recordar a papá, mirar un amanecer o comer en familia, son para muchos nimiedades cotidianas. Sin embargo, las prefiero a querer dejar un inocuo legado de grandeza, al éxito inveterado, o al deambular anestesiado que impone la mándibula de Cronos.

Chamán.

En un memorable capítulo de la segunda temporada de Los Simpson titulado "Aviso de muerte" ("One Fish, Two Fish, Blowfish, Blue Fish" en inglés), Homero piensa que comió un pez venenoso y cree que le quedan sólo 24 horas de vida. Decide entonces hacer una lista de las cosas que le gustaría hacer antes de que termine ese día. La lista es la siguiente:
1. Hacer una lista
2. Comer un desayuno abundante
3. Grabar un video para Maggie
4. Tener una conversación de hombre a hombre con Bart
5. Escuchar a Lisa tocar el saxo
6. Hacer los arreglos para el funeral
7. Hacer las paces con papá
8. Cerveza con los muchachos en el bar
9. Reprender al jefe
10. Hacer parapente
11. Plantar un árbol
12. Una cena final con mi amada familia
13. Intimar con Marge
14. Mirar el amanecer

Fuente de la lista: El Blog de las listas : http://blogdelaslistas.blogspot.com/

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La ruedita de la vida

“El sacrificio es lo más grande que hay", decía mi padre. Era una expresión que usaba los domingos, cuando descansaba, después de trabajar en un bar de Canning y Córdoba doce horas diarias y seis días a la semana. Aquél era una especie de rezo laico, o galaico, como se prefiera. Un legado cultural. Los inmigrantes españoles y también los italianos, los sirios y los judíos tenían por filosofía el trabajo a cualquier precio y se regodeaban en el cansancio. La abuela polaca de un amigo le decía siempre: "El sacrificio trae beneficio". El sacrificio llevaba al progreso en la Tierra y a la recompensa en el cielo. Los hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes fuimos criados en esa concepción, que Benjamín Franklin ayudaba a definir en el siglo XVIII: "La pereza viaja tan despacio que la pobreza no tarda en alcanzarla".


La pereza era entonces, y en muchos casos no ha dejado ser nunca, el peor de los pecados posibles en una sociedad formada por corrientes migratorias. Una traición a la historia, a la integridad y al destino. Un imán del vicio y la miseria. En la Argentina, el perezoso de clase alta es un ocioso rentístico; el de clase media, un vago; el de clase baja, un marginal.

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Pero como decía Beckett, no existe pasión más poderosa que la pasión de la pereza. Para un indolente con argumentos el mundo actual es ese injusto sistema según el cual pedimos a los gritos que nos den trabajo, es decir: hacemos lo imposible para que nos acepten como esclavos.

En las sociedades burguesas modernas las secuelas de la pereza, sin embargo, no necesariamente tienen relación con la productividad. Hoy hasta los seres más productivos sienten culpa de practicar la nada, aun en los permitidos recreos del trabajo. Antes se pensaba que si uno hacía ocio, estaba perdiendo la posibilidad de ganar dinero. Hoy, si uno cae en el ocio, piensa que se está perdiendo algo importantísimo que está pasando en otra parte. Algo que debe gozar o realizar y que no debe perderse.

Esa extraña inquietud debe mucho a este mundo de opciones diversas, planos múltiples y mandatos infinitos. Por mandatos me refiero a mantenerse en forma con distintas clases de gimnasias, aventurarse en nuevas tecnologías, estudiar de manera perpetua, asistir a cursos, ver películas, leer todo lo que se puede, visitar lugares imperdibles, hacer terapias, practicar el sexo con intensidad, y otros asuntos de vida o muerte. Los mandatos que nos tienen corriendo interminablemente como cobayos en la ruedita de la vida.

La filósofa Diana Cohen Agrest revela, en la nota de tapa de esta edición, cómo el hombre fue creando asombrosos instrumentos y rebusques -desde el control remoto y los celulares hasta el delivery- para responder a la humana necesidad de la pereza. Y sin embargo, cuantas más herramientas tenemos, más cosas queremos hacer. No hay herramienta que calme esa ansiedad como de año nuevo. La rueda gira y gira, y nosotros estamos siempre cansados y con la tremenda culpa de que dejamos de hacer algo obligatorio y esencial: seremos, por lo tanto, castigados a raíz de esa deserción imperdonable.

No recuerdo, en este momento, más de cuatro días seguidos de pereza consciente. Dios o el diablo siempre me persiguen para que no me distraiga. Porque el sacrificio, como todo el mundo sabe, es lo más grande que hay.

Por Jorge Fernández Díaz


Director de adnCULTURA

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Esos Chicos

Conozco, desde hace tiempo, a una señora que tiene a los niños criados, al marido ocupado en sus cosas y la suerte, ella, de no tener que trabajar para ganarse la vida. Es una de esas mujeres afortunadas, con posición económica cómoda, dentro de lo que cabe, y que dispone de tiempo suficiente para dedicarlo a sí misma. Como todavía está de buen ver -fue muy guapa y todavía lo es-, no necesita dedicar horas a mantenerse en forma, pues tiene una forma estupenda. De maruja calza lo mínimo: no es de mucha tele -excepto los debates políticos, que se los zampa-, sino del tipo lectora. Devora libro tras libro; sobre todo, novelistas rusos y centroeuropeos, en ficción, e historia, ensayo y memorias sobre la primera mitad del XX. De bolcheviques, revoluciones y ocaso de la monarquía austrohúngara, entre otras cosas, sabe más que nadie. Disfruta con todo eso, sin otro objeto que el conocimiento en sí mismo. Saber y pensar. Ni se le ocurre escribir novelas, ni nada. Sólo tiene una profunda curiosidad por la vieja y zurcida Europa. Por comprender, a la luz de la memoria escrita y la cultura, el mundo que fue y el que es. El pasado que explica el presente y los seres que lo pueblan.


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Tiene tiempo libre, como digo. Y hace un par de años, en vez de meterse en un gimnasio o estirarse la piel, decidió hacer una segunda carrera universitaria. Volver a las aulas, estudiar de nuevo, asistir a clases que abrieran nuevas puertas a sus ganas de saber, a su mirada curiosa y lúcida. Empezó temiendo ser la abuelita Paz de su clase, pero se integró bien. Intercambia apuntes, hace trabajos en común. El año pasado, estudiando como una leona, aprobó el primer curso de una carrera de Humanidades. Está encantada. Feliz. Sobre todo, como ella dice, porque es maravilloso aprender sin otra ambición que el conocimiento. Y también porque, afirma, su respeto por los jóvenes es mayor desde que los trata cada día. "Estamos equivocados con ellos -sostiene-. La mayor parte de mis compañeros de clase son chicos cultos, de una tenacidad admirable. Con ganas de aprender. Con vocación, inteligencia y coraje. Nunca he vuelto a hablar despectivamente de un joven universitario desde que estoy de nuevo allí. Deberías decirlo en uno de tus artículos, Reverte. Es de justicia.

Porque sólo es otro mundo -afirma mi amiga-. El que viene. Chicos orientados hacia una manera diferente de ver la vida, nacidos en un territorio hostil, más desesperanzado que el de sus padres y abuelos. Con un futuro incierto, peligroso. Pero eso no mata su entusiasmo. Es cierto que muchos llevan impresa la mirada del soldado perdido: de quien sabe que el combate tiene pocas posibilidades de victoria. Sin embargo, es admirable verlos levantar la mano en clase para plantear preguntas o iniciar una discusión; la energía valerosa con que defienden lo que creen saber y se adentran en lo que les interesa. Su tenacidad, su sensatez. Una chica con piercings y la panza al aire, un muchacho desastrado, pueden hacer de pronto una observación o formular una pregunta que te hacen mirarlos, asombrada. Fascina observar cómo se afirman intelectualmente, adentrándose en su vocación. En sus sueños. Y no creas que van engañados: saben lo que les espera. Perfectamente. Su generación creció con la certeza del desempleo irremediable, del triste paisaje que les dejamos como herencia. Y sin embargo, es conmovedor verlos perseverar, tenaces, en lo que les pide el cuerpo. Persiguiendo lo que aman. Estudian hermosas carreras, en apariencia inútiles, porque la utilidad que persiguen es otra. Va más allá del simple ganarse la vida.

Hay imbéciles, claro. Muchos. Simple carne de cañón: borregos listos para el matadero. Pero ésos siempre los hubo; haz memoria, Reverte. En cuanto a mis actuales compañeros de clase, te sorprendería ver los libros que llevan, mezclados con los de Stieg Larsson y Ken Follet: clásicos griegos y latinos, o literatura de altísima calidad. Los hemos visto crecer pensando que son una generación irresponsable, analfabeta funcional, que poco sabe y menos quiere saber. Sin darnos cuenta de que las necesidades y el modo de aprender han cambiado, pero las ganas siguen. Si piensas en lo que a nuestra generación le enseñaron y lo que aprendió por su cuenta, comprenderás que es lo mismo. Estos chicos hacen idéntico esfuerzo al que hicimos nosotros; más admirable en su caso, pues ahora las interferencias son mayores. Los juzgamos con dureza al verlos todo el día con el ordenador y la tele, sin darnos cuenta de que ése es otro modo de formarse, que nosotros no tuvimos. Una herramienta útil, adecuada al tiempo que viven y a lo que les espera, que ellos manejan como nadie. Que los lleva más allá de donde a nosotros nos llevaban nuestros simples libros. Así que no te equivoques con ellos, amigo. Y deja de gruñir. Durante algún tiempo seguirá habiendo justos en Sodoma.

Arturo Pérez Reverte