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Templo de Chico Cesar

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CROQUIS EN LA ARENA

La mañana se pasea en la playa empolvada de sol.

Brazos.
Piernas amputadas.
Cuerpos que se reintegran. Cabezas flotantes de caucho.

Al tornearles los cuerpos a las bañistas, las olas alargan sus virutas sobre el aserrín de la playa.

¡Todo es oro y azul!

La sombra de los toldos. Los ojos de las chicas que se inyectan novelas y horizontes. Mi alegría, de zapatos de goma, que me hace rebotar sobre la arena.

Por ochenta centavos, los fotógrafos venden los cuerpos de las mujeres que se bañan.

Hay quioscos que explotan la dramaticidad de la rompiente. Sirvientas cluecas. Sifones irascibles, con extracto de mar. Rocas con pechos algosos de marinero y corazones pintados de esgrimista. Bandadas de gaviotas, que fingen el vuelo destrozado de un pedazo blanco de papel.

¡Y ante todo está el mar!

¡El mar!... ritmo de divagaciones. ¡El mar! con su baba y con su epilepsia.

¡El mar!... hasta gritar

¡basta!

como en el circo.


OLIVERIO GIRONDO

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Mc Guevaras o Che Donalds

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Na ca ´l fuau

Tremendo tema que tuvimos el placer de disfrutar ayer domingo en el caleidoskopio...
Espectacular!
Disfrutenlon!!!!

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Gota Madre


Bajando la escalinata
Va resbalando una gota que anda buscando
golpe a golpe su libertad

Viene de un 5 piso
Donde dijeron que habia nubes
Pero nada de eso era verdad

Y eso que cada golpe le duele más
Y eso que cada golpe le duele más

Le había llevado tanto tiempo llegar al 5
Y ahora buscaba insistentemente
Poder bajar

Soñaba con la vereda
Y con una siesta cuando era la gota de una bombilla
Al transpirar

Y el sol bajo la puerta le hace soñar
Y el sol bajo la puerta le hace soñar

Que toca la vereda
Y el sol la hace evaporar
Y se va en una nube,
En una nube de verdad

Que toca la vereda
Y el sol la hace evaporar
Y se va en una nube,
En una nube de verdad

Seba Ibarra

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Súper Caliente!!!

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Nuevas fotos de SEEE!

Integrantes Seee!
Nashingae: percusión y coros
Chamán: voz, coros, mandolina, percusión
Vicky: voz y coros
Chango: voz, coros y guitarra
Techy: voz, coros, charango
Campa: coros, bajo y charango

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Thank You

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Inspirador y descarnado...

Los dejo con una hermosa letra, pura poesía y de mucho significado para mi en estos días. Gracias Chamán!!! Primero en inglés, luego la traducción...



Thank you

How about getting off of these antibiotics
how about stopping eating when i'm filled up
how about them transparent dangling carrots
how about that ever elusive kudo

Thank you india
thank you terror
thank you disillusionment
thank you frailty
thank you consequence
thank you thank you silence

How about me not blaming you for everything
how about me enjoying the moment for once
how about how good it feels to finally forgive you
how about grieving it all one at a time

Thank you india
thank you terror
thank you disillusionment
thank you frailty
thank you consequence
thank you thank you silence

The moment i let go of it was
the moment i got more than i could handle
the moment i jumped off of it was
the moment i touched down

How about no longer being masochistic
how about remembering your divinity
how about unabashedly bawling your eyes out
how about not equating death with stopping

Thank you india
thank you providence
thank you disillusionment
thank you nothingness
thank you clarity
thank you thank you silence

GRACIAS

QUÉ TAL DEJAR ESTOS ANTIBIÓTICOS
QUE TAL DEJAR DE COMER CUANDO ESTOY LLENA
QUE TAL TRANSPARENTES ZANAHORIAS COLGANDO
QUE TAL AQUEL SIEMPRE HUIDIZO KUDO

GRACIAS INDIA
GRACIAS TERROR
GRACIAS DESILUSIÓN
GRACIAS DEBILIDAD
GRACIAS CONSECUENCIA
GRACIAS, GRACIAS SILENCIO

QUE TAL NO CULPARTE POR TODO
QUE TAL DISFRUTAR EL MOMENTO POR UNA VEZ
QUE TAL QUE BIEN SE SIENTE CUANDO FINALMENTE TE PERDONA
QUE TAL AFLIGIR TODO DE UNA VEZ

GRACIAS INDIA
GRACIAS TERROR
GRACIAS DESILUSIÓN
GRACIAS DEBILIDAD
GRACIAS CONSECUENCIA
GRACIAS, GRACIAS SILENCIO

EL MOMENTO LO DEJO IR
ERA UN MOMENTO QUE TENÍA MAS DE LO QUE PODÍA MANEJAR
EL MOMENTO QUE LO SALTÉ
FUE EL MOMENTO QUE TOQUÉ

QUE TAL NO SER MAS MASOQUISTA
QUE TAL RECORDAR TU DIVINIDAD
QUE TAL IMPERTURBABLEMENTE GRITANDO TUS OJOS AFUERA
QUE TAL NO IGUALAR LA MUERTE CON PARAR

GRACIAS INDIA
GRACIAS TERROR
GRACIAS DESILUSIÓN
GRACIAS DEBILIDAD
GRACIAS CONSECUENCIA
GRACIAS, GRACIAS SILENCIO

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WAW!

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El Ángel del semáforo


Sus notas rasgadas aturden, molestan. Las esquinas repletas de autos que esperan ansiosos el verde cierran sus ventanillas perturbados por el molesto clima auditivo. Pero él no les hace caso. Sale al ruedo, esperando limosnas, violín en mano, cual héroe de guerra anhelando tiempos mejores, pasados, de gloria. Sus ojos cada vez más pequeños, su rostro plagado de arrugas, su cuerpo frío siente melodías irreales, sus dedos llagados, duros, buscan la aprobación.


Él se imagina que está en el Colón y sigue las indicaciones de un director imaginario, acompaña las melodías de una orquesta que nunca fue. Los días de gloria pasados se agolpan en su estuche, alguna vez lleno de musicalidad, ora lleno de angustia, de emoción, tristeza y algunas monedas.

Dicen que aparece cuando cae el sol, rondando varias esquinas a la vez. Se vuelve, se multiplica, se cree millones y mitades a la vez. La discociación de su melodía tiene varios matices. Cuerdas desafinadas, la inevitable pérdida del oído, la falta de constancia, la falta de sensación. El autómata ha ganado al compositor, el mendigo vence al inspirado violinista, cuya vida sinsentido se compone de sueños perdidos en algún teatro de Europa. Es eterno y fugaz, artista callejero, mendigo perpetuo.

El Ángel del semáforo se llama y desea poner final a su esquina, a su vida. Pero su condena es la del inmortal, que inevitablemente seguirá en su búsqueda de público, de aplausos, de aprobación.

El Ángel volverá a perturbar sus oídos todas las tardes en alguna esquina de la ciudad que una vez lo vio brillar pero que hoy soporta su tenue luz en la penumbra.

Chango

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Seee! Primer recital en vivo!

 
 
 


Integrantes Seee! (de izquierda a derecha)

Nashingae: percusión y coros
Chamán: voz, coros, mandolina, percusión
Vicky: voz y coros
Chango: voz, coros y guitarra
Techy: voz, coros, charango
Campa: coros, bajo y charango

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Tinariwen para el mundo...

Por favor aprecien....

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Comienzo y final del ciclo

Inconscientes manos lo abrazan, lo llevan. Penetran su ser como pequeñísimas espadas armónicas cargadas de sonidos que invaden. El ser es uno, el sonido es más. Falsas esencias cargadas de bajos, un piano al fondo y su voz. Ahora un ritmo inconsciente, una viola zapando con tonalidades descendentes.


Perfectas melodías sintetizadas en búsquedas de lugares del alma. No es él, no está más. Soledad incondicional, sólo voces, sonidos y ecos rebosantes de perfección. De repente una voz que completa el espectro. Se apaga, se prende, elabora melodías irreconocibles, que no se reconcilian con el gris. Este gris del día, el gris del ser. La búsqueda. El amor que no llega, el sexo que todo lo puede, apaga sus sentidos, cargados de emociones pasajeras, fugaces. El fluir de cuerpos que se entrelazan, cubiertos de sal que no dejan ver. El más allá es el más acá. Niebla, ocurrencias sin filtro, personas que pasan, sólo sombras. Apenas recuerdos emotivos de momentos, que se van, que se escapan. Granos de arena que brotan de sus manos, sus caras se confunden en estrechas situaciones.

¿Y ahora? ¿Cuál será el fin de tal entelequia? ¿Se encuentra? ¿Se busca? ¿Se ubica en tiempo y espacio? Él y ella no son más uno, dos seres que fluctúan en el espacio, el universo ha dispersado sus esencias, caminos que no se cruzan y senderos paralelos los dirigen a un futuro incierto. Se han perdido todas las certezas. El error, el engaño describen su eterno girar a partir del desencuentro. Como perdidos buscan en círculos. No se miran, no levantan la cabeza, se difuminan sus espacios.

Ahora todo es silencio. A lo lejos se perciben sonidos que vuelven a encontrarlos, pero está muy lejos. Ella está muy lejos. Y él está solo, como nunca había estado. Pero el volumen aumenta y lo orienta, el fuego es apenas un color. Rojos, naranjas y amarillos pétalos que se elevan en el horizonte. No se pregunta más, ya nada cuestiona su inevitable destino. Y allí va, es parte del todo, parte de la nada.

Un ejército indómito lo persigue. Se acuesta y espera el final. Cada vez más cerca, cada vez más….

Pero no es lo que quiere y sabe que no. No concluirá su historia con un fade out. Tiene que ser algo abrupto, impensado, ecléctico, coral… Esa premisa lo enciende y con el cuerpo erguido emprende un nuevo recorrer. Esperanzado, con la vista clavada en los posibles sucesos, en el devenir. Y sonríe, sonríe como nunca antes lo había hecho. Se percata del invariable cambio de escenario, de todos los espacios que podrán acontecer.

Ahora un ritmo consciente, una viola elaborando tonalidades ascendentes. Reales esencias cargadas de bajos, un piano al fondo y su voz renovada. El ser es uno, el sonido es más. Penetra su ser como gigantescas espadas armónicas cargadas de sonidos que invaden. Conscientes manos lo abrazan, lo llevan.

Chango

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The Eraser

Dedicado a uno de nuestros seguidores....

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Orgullo... Jajaja

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Resabios de locura...

Otra vez, el gran Marmo nos deleita con sus ocurrencias.. Disfruten!!!

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La locura de un amigo..

Gran amigo, compañero de facultad, gran talento, multifacético. Clown, actor, radioaficionado, escritor, periodista... Y tantas cosas más. Con ustedes, Manuel Gutiérrez Arana, el "MARMO"...




Fue raro, loco... fue un día distinto

Todavía no sé bien porqué hice lo que hice. Ni porqué me comporté como me comporté.
Semáforo. Ahí, viene, ahí viene. Desde lejos lo vi avanzar.

- ¿Le limpio el vidrio, capo?
- No, papá... el vidrio, no –le respondí-. Dejáme que corro el auto y me lo limpiás todo. Te pago un veinte, ¿te parece?
Duro... se quedó duro, no supo reaccionar.

Su mirada se perdió en el asfalto, los brazos le colgaban a un lado del cuerpo. La esponja para limpiar el vidrio chorreaba detergente en la senda peatonal.
No supo responderme. El orden de rutina había sido quebrado... la incorruptible sucesión de hechos había sido alterada. No supo responderme. Lo único que pudo hacer fue acercar la esponja su boca y comerla. Y allí quedó... estupefacto, atónito... masticando la esponja en el medio de la avenida.

“2x1... las mejores carilinas. 2x1, señor. 2x1, señora. Las mejores carilinas. Limpian todos los mocos. Lleve dos, pague una”, gritaba un vendedor ambulante en la calle. Hoy vas a vivir algo distinto, viejo, le dije para mis adentros. Basta de rutinas.

- ¿Cuánto están, maestro?
- 2x1, jefe.
- Bueno, dame una y cobrame dos... hacéme la gauchada.

Duro... se quedó duro, no supo reaccionar.

- ¿Me escuchás?... dame una carilina, acá tenés... te pago dos.

De golpe su pecho se infló casi hasta explotar... empezó a respirar muy fuerte, muy agitado. Clavó su mirada en el piso, su cuerpo se sacudió en miles de temblequeos y tiró la bandeja con todas las carilinas a la calle. Salió corriendo sin decir nada.

Fue raro, loco... fue un día distinto

Seguí viaje. Enseguida vi un cana manejando su patrullero... ahí parado en la esquina, esperaba que el semáforo se pusiera en verde. Cobani, yuta, gorra, rati. Hoy vas a vivir algo distinto, viejo, le dije para mis adentros. Refugiado en su uniforme azul, intentaba chamullar la rutina de su trabajo escuchando la radio... siempre alerta, a la caza de alguna cometa. Hoy vas a vivir algo distinto. Lo perseguí un par de cuadras. Ni bien lo alcancé, frené el auto, bajé la ventana y le dije:

- Oficial... hace dos meses que ando sin registro. Quisiera que me multe.

El tipo no entendía si lo estaba gastando o qué.

Duro... se quedó duro, no supo reaccionar.

- Anduve en infracción mucho tiempo. ¿Sería mucha molestia que me sancione con una multa?

El tipo rompió en un llanto. Ese día, su trabajo dejó de tener sentido. Pude leer su apellido en la placa de bronce. Al día siguiente, el comisario Rodríguez presentó su renuncia y abandonó la Policía Federal.

Fue raro, loco... fue un día distinto

Time to lunch. Hora de comer, en la casa de Ronald.

Una de las empleadas, camisa a rayas blancas y rojas, me disparó su más artificial sonrisa y me saludó:

- Buenas tardes, bienvenido a Mc Donalds. ¿Cuál es su pedido?
- Buenas tarde –le dije-. Bienvenida al Mc Donalds. Me interesaría saber cuál va a ser su pedido.

Dura... se quedó dura, no supo reaccionar.

Todos sus esquemas se desplomaron de un saque.
Enseguida se puso a correr en círculos mientras gritaba enloquecida y se agarraba de los pelos.
Con la envión ganada, pegó un salto y se lanzó de cabeza a la freidora de papas fritas.
Hace días pusieron un combo en honor a ella... el Combo Marta.

¡La pucha que estamos robotizados!
Paso por paso, huella por huella... nuestros caminos parecieran ya estar marcados, diseñados.
Proletarios, trabajadores... laburantes... innoven, creen, sorpréndanse.
¡Acaben con la rutina!
¡Acaben con la monotonía!
Y, por favor... ¡JUEGUEN!
 
Manuel Gutiérrez Arana
 
Para ver más del Marmo, acá va el enlace 8gradospunto5

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El Sur

Jorge Luis Borges, en este, uno de sus pocos cuentos, ilustra la locura, el delirio al que se puede llegar, en los límites de un estado de insanía febril...

El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel: en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica. Un estuche con el daguerrotipo de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de ciertas músicas, el hábito de estrofas del Martín Fierro, los años, el desgano y la soledad, fomentaron ese criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso. A costa de algunas privaciones, Dahlmann había logrado salvar el casco de una estancia en el Sur, que fue de los Flores: una de las costumbres de su memoria era la imagen de los eucaliptos balsámicos y de la larga casa rosada que alguna vez fue carmesí. Las tareas y acaso la indolencia lo retenían en la ciudad. Verano tras verano se contentaba con la idea abstracta de posesión y con la certidumbre de que su casa estaba esperándolo, en un sitio preciso de la llanura. En los últimos días de febrero de 1939, algo le aconteció.
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Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de Las Mil y Una Noches de Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente, ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le habría hecho esa herida. Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba despierto y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz. La fiebre lo gastó y las ilustraciones de Las Mil y Una Noches sirvieron para decorar pasadillas. Amigos y parientes lo visitaban y con exagerada sonrisa le repetían que lo hallaban muy bien. Dahlmann los oía con una especie de débil estupor y le maravillaba que no supieran que estaba en el infierno. Ocho días pasaron, como ocho siglos. Una tarde, el médico habitual se presentó con un médico nuevo y lo condujeron a un sanatorio de la calle Ecuador, porque era indispensable sacarle una radiografía. Dahlmann, en el coche de plaza que los llevó, pensó que en una habitación que no fuera la suya podría, al fin, dormir. Se sintió feliz y conversador; en cuanto llegó, lo desvistieron; le raparon la cabeza, lo sujetaron con metales a una camilla, lo iluminaron hasta la ceguera y el vértigo, lo auscultaron y un hombre enmascarado le clavó una aguja en el brazo. Se despertó con náuseas, vendado, en una celda que tenía algo de pozo y, en los días y noches que siguieron a la operación pudo entender que apenas había estado, hasta entonces, en un arrabal del infierno. El hielo no dejaba en su boca el menor rastro de frescura. En esos días, Dahlmann minuciosamente se odió; odió su identidad, sus necesidades corporales, su humillación, la barba que le erizaba la cara. Sufrió con estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que había estado a punto de morir de una septicemia, Dahlmann se echó a llorar, condolido de su destino. Las miserias físicas y la incesante previsión de las malas noches no le habían dejado pensar en algo tan abstracto como la muerte. Otro día, el cirujano le dijo que estaba reponiéndose y que, muy pronto, podría ir a convalecer a la estancia. Increíblemente, el día prometido llegó.

A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos; Dahlmann había llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución. La primera frescura del otoño, después de la opresión del verano, era como un símbolo natural de su destino rescatado de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran como largos zaguanes, las plazas como patios. Dahlmann la reconocía con felicidad y con un principio de vértigo; unos segundos antes de que las registraran sus ojos, recordaba las esquinas, las carteleras, las modestas diferencias de Buenos Aires. En la luz amarilla del nuevo día, todas las cosas regresaban a él.

Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme. Desde el coche buscaba entre la nueva edificación, la ventana de rejas, el llamador, el arco de la puerta, el zaguán, el íntimo patio.

En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó bruscamente que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme gato que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante.

A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dahlmann recorrió los vagones y dio con uno casi vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna vacilación, el primer tomo de Las Mil y Una Noches. Viajar con este libro, tan vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha había sido anulada y un desafío alegre y secreto a las frustradas fuerzas del mal.

A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y luego la de jardines y quintas demoraron el principio de la lectura. La verdad es que Dahlmann leyó poco; la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran, quién lo niega, maravillosos, pero no mucho más que la mañana y que el hecho de ser. La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.

El almuerzo (con el caldo servido en boles de metal reluciente, como en los ya remotos veraneos de la niñez) fue otro goce tranquilo y agradecido.

Mañana me despertaré en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres. Vio casas de ladrillo sin revocar, esquinadas y largas, infinitamente mirando pasar los trenes; vio jinetes en los terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y hacienda; vio largas nubes luminosas que parecían de mármol, y todas estas cosas eran casuales, como sueños de la llanura. También creyó reconocer árboles y sembrados que no hubiera podido nombrar, porque su directo conocimiento de la campaña era harto inferior a su conocimiento nostálgico y literario.

Alguna vez durmió y en sus sueños estaba el ímpetu del tren. Ya el blanco sol intolerable de las doce del día era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardaría en ser rojo. También el coche era distinto; no era el que fue en Constitución, al dejar el andén: la llanura y las horas lo habían atravesado y transfigurado. Afuera la móvil sombra del vagón se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra elemental ni poblaciones ni otros signos humanos. Todo era vasto, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto. En el campo desaforado, a veces no había otra cosa que un toro. La soledad era perfecta y tal vez hostil, y Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y no sólo al Sur. De esa conjetura fantástica lo distrajo el inspector, que al ver su boleto, le advirtió que el tren no lo dejaría en la estación de siempre sino en otra, un poco anterior y apenas conocida por Dahlmann. (El hombre añadió una explicación que Dahlmann no trató de entender ni siquiera de oír, porque el mecanismo de los hechos no le importaba).

El tren laboriosamente se detuvo, casi en medio del campo. Del otro lado de las vías quedaba la estación, que era poco más que un andén con un cobertizo. Ningún vehículo tenían, pero el jefe opinó que tal vez pudiera conseguir uno en un comercio que le indicó a unas diez, doce, cuadras.

Dahlmann aceptó la caminata como una pequeña aventura. Ya se había hundido el sol, pero un esplendor final exaltaba la viva y silenciosa llanura, antes de que la borrara la noche. Menos para no fatigarse que para hacer durar esas cosas, Dahlmann caminaba despacio, aspirando con grave felicidad el olor del trébol.

El almacén, alguna vez, había sido punzó, pero los años habían mitigado para su bien ese color violento. Algo en su pobre arquitectura le recordó un grabado en acero, acaso de una vieja edición de Pablo y Virginia. Atados al palenque había unos caballos. Dahlmam, adentro, creyó reconocer al patrón; luego comprendió que lo había engañado su parecido con uno de los empleados del sanatorio. El hombre, oído el caso, dijo que le haría atar la jardinera; para agregar otro hecho a aquel día y para llenar ese tiempo, Dahlmann resolvió comer en el almacén.

En una mesa comían y bebían ruidosamente unos muchachones, en los que Dahlmann, al principio, no se fijó. En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba, inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia. Era oscuro, chico y reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una eternidad. Dahlmann registró con satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el largo chiripá y la bota de potro y se dijo, rememorando inútiles discusiones con gente de los partidos del Norte o con entrerrianos, que gauchos de ésos ya no quedan más que en el Sur.

Dahlmann se acomodó junto a la ventana. La oscuridad fue quedándose con el campo, pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre los barrotes de hierro. El patrón le trajo sardinas y después carne asada; Dahlmann las empujó con unos vasos de vino tinto. Ocioso, paladeaba el áspero sabor y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco soñolienta. La lámpara de kerosén pendía de uno de los tirantes; los parroquianos de la otra mesa eran tres: dos parecían peones de chacra: otro, de rasgos achinados y torpes, bebía con el chambergo puesto. Dahlmann, de pronto, sintió un leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre una de las rayas del mantel, había una bolita de miga. Eso era todo, pero alguien se la había tirado.

Los de la otra mesa parecían ajenos a él. Dalhman, perplejo, decidió que nada había ocurrido y abrió el volumen de Las Mil y Una Noches, como para tapar la realidad. Otra bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado, pero que sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:

-Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.

Dahlmann no se extrañó de que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió que estas palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situación. Antes, la provocación de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos. Dahlmann hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los peones y les preguntó qué andaban buscando.

El compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose. A un paso de Juan Dahlmann, lo injurió a gritos, como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su borrachera y esa exageración era otra ferocidad y una burla. Entre malas palabras y obscenidades, tiró al aire un largo cuchillo, lo siguió con los ojos, lo barajó e invitó a Dahlmann a pelear. El patrón objetó con trémula voz que Dahlmann estaba desarmado. En ese punto, algo imprevisible ocurrió.

Desde un rincón el viejo gaucho estático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se inclinó a recoger la daga y sintió dos cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a pelear. La segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría para defenderlo, sino para justificar que lo mataran. Alguna vez había jugado con un puñal, como todos los hombres, pero su esgrima no pasaba de una noción de que los golpes deben ir hacia arriba y con el filo para adentro. No hubieran permitido en el sanatorio que me pasaran estas cosas, pensó.

-Vamos saliendo- dijo el otro.

Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.

Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.